Andan por la calle con bolsos de Kitty y zapatillas Topper. Si tuvieran rockollas o vinilos, no escucharían cds. Son largas hasta rozar la pelvis, las remeras estampadas con dibujitos de los ochentas. Combinan, a lo material girl, la bijouterie pop, los postizos de pestañas y lunares, las más rebuscadas actitudes naive, los aros y las gafas de contornos desorbitados y el maquillaje furioso. También para ellos, los batidos en el pelo (la gomina, nena), la ropa vintage, las camisetas que reivindican a los héroes de la Blackplotation (actores negros famosos de melenas estrambóticas), a Jackie Brown, a los personajes salidos de un Atari, del flipper o simplemente al Smiley.Les llena de éxtasis, como ante la aparición de la Commodore 64, el redescubrimiento festivo de lo peor de la música Disco, hacia la decadencia de los setentas. Les alucina una extraña vuelta de tuerca sobre el John Travolta de las pistas de baile (al filo del precipicio de lo cursi), los Pet Shop Boys, los Beach Boys, los Magneto y Boy George. Fanáticos de la Guerra de las Galaxias, conocen diálogos de Volver al futuro e invocan en charlas de bar a He-man, a los Pequeño pony, a los Transformers, a Mazinger Z, a los Playmobil y a todo lo más allá de lo evidente, gracias a los Thundercats (aunque son más noventeros... no importa!)
Tal vez, una manera de desenterrar la veta más artie de la industria popular, condenada al desdeño por ser de consumo masivo. La movida retro ha re-colonizado los estilos de la ciudad. Como un reencuentro, entre sagaz y melancólico, con la infancia; un regodeo en lo lúdico…un volver al pasado con todos los ingredientes de la felicidad, con la posibilidad de revivir los instantes de la inocencia, reexperimentarlos en vaso de plástico.
Tal vez, los días ochentosos devuelven una posibilidad de reconciliación con las mejores épocas de una generación lastimada por los noventas.
"Puros gestos camp", dirán los que leen a Danto y hablan del arte pop.
Mejillas de caramelo y labios carmesí, como jugar a ser grande. Una cajita de Sugus confitados como un arco iris de manjares sabor a rayuela y piedra libre; un New York City Boy que acelera la sangre como el beso en el juego de la botella. Acaso lo retro nos reencuentra, nunca sin nostalgia y con mucha excitación, con la edad de la intensidad y del plástico.
4 comentarios:
Se me piantó una lágrima...bien turquesa y con brillantina.
El juego de la botella... ¿a qué juegan ahora los pibes? Ese silencio incómodo que reinaba mientras giraba la botellita que antes te había elegido. El corazón que bombeaba cagadazo y la botellita que frenaba y señalaba a Lucía, que era buena para Lengua Castellana y para darle un beso en su mejilla fría. Lucía que siempre se sentaba adelante y su pelo en cascada que era mi escape en las clases de Ciencias Naturales. Ay Lucía. Qué será de tu vida, Lucía. Las botellitas de Coca Zero no sirven para jugar al juego de la botella. Nunca apuntan a Lucía. ¿A qué juegan los pibes de ahora si la botellita nunca apunta a Lucía?
Hermoso texto y un muy buen recuerdo. Felicidades Malena.
Horacio Cambeiro
Autor de www.elclandelanostalgia.com.ar
No he desaparecido (completamente). Pronto sabrán de mi, pero ¿cómo no pasar por acá? si acabo de ver este mismo post en http://weblogs.clarin.com/retrovisor/archives/2007/12/ataque-ochentoso-un-manifiesto-adolescente.html
yo me dije: "¿Malena? ¿Pero Malena-Malena o cualquier Malena?" y no, no era cualquier Malena, era Malena, no más.
Mis respetos.
emebé
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